Lillo Redonet, Fernando / Escritor
La imagen popular de la Roma Antigua está llena de guerras, intrigas y sangrientos espectáculos del anfiteatro, pero los romanos eran también un pueblo que reÃa. La sonrisa o la burla hacÃan su aparición en la calle, en la taberna, en las termas, en los banquetes, en los procesos electorales o judiciales e incluso ante la muerte. En Un Imperio de risas el lector conocerá la vis cómica del romano de a pie, pero también el humor de los personajes famosos.
Los chistes y bromas se escribÃan en grafitis en la pared o en diversos objetos e incluso se incorporaban a los epitafios de las tumbas. Las anécdotas graciosas de los personajes notables se recogÃan en diversas recopilaciones y se incluÃa el humor en las biografÃas, a veces realmente estrafalarias, de los emperadores romanos. Los poemas burlescos provocaban la risa a costa del prójimo. Pero lo más cercano a nuestro mundo es el divertido libro denominado Filógelos, El amante de la risa, con 265 chistes recopilados en torno a los siglos IV-V d. C. en el que pululan toda clase de tipos ingeniosos.
Entre otras experiencias, sufriremos y nos reiremos con los escolares y pseudointelectuales. Disfrutaremos con chistes “escatológicos” y verdes. Nos saldrán al encuentro generales y soldados con sus bromas militares, médicos ineptos, falsos adivinos, peluqueros charlatanes, y abogados con sorna. Los romanos más reputados nos mostrarán su ingenio y su sarcasmo. El solemne Cicerón nos parecerá un bufón y el belicoso César, un hombre dotado para el chiste. Descubriremos que los emperadores romanos eran personas divertidas, pero también crueles.
Como a los romanos les gustaba meterse con los defectos ajenos, nos reiremos de los feos, tuertos, narigudos, desdentados, calvos y canosos, personas bajitas o enormes, gente con mal aliento y también de los avaros, perezosos y glotones.
En suma, una gran recopilación de bromas y chistes de un humor, el romano, que unas veces nos causará extrañeza y otras nos parecerá completamente nuestro.