Rodríguez Tapia, José Alonso / Escritor
HACIA UNA IZQUIERDA PRAGMÁTICA
Del dogma a la evidencia
Pongámonos en la piel de un médico del siglo XVIII que quiere, de buena fe, salvar la vida de su paciente. La ciencia de su época le dice que lo procedente es aplicar sanguijuelas: dispuestas sobre la piel del enfermo, equilibrarán los humores del cuerpo y le devolverán la salud. El médico así lo hace.
Con el tiempo, la evidencia demuestra que las sanguijuelas no curan. Debilitan al paciente, complican su recuperación y, en muchos casos, aceleran su muerte. El médico se enfrenta entonces a una encrucijada: puede seguir aplicando sanguijuelas porque así lo aprendió y así se ha hecho siempre o puede entender que su lealtad no es hacia la técnica, sino hacia el paciente.
Un médico que elige la primera opción no está siendo fiel a sus valores; al contrario, los violenta gravemente al aplicar métodos que ya sabe que no funcionan.
Este libro parte de esa misma pregunta trasladada a la política: ¿qué ocurre cuando una tradición que nació para defender a los más vulnerables sigue aplicando sanguijuelas mucho después de que la evidencia demostrara su inutilidad? La respuesta es incómoda pero necesaria: los perjudicados no son quienes diseñan la política, sino quienes dependen de que funcione.
Una parte de la izquierda contemporánea ha cometido ese error. Ha convertido ciertos instrumentos control de precios, rigidez laboral, cuotas, provisión exclusivamente pública, gasto sin evaluación y tantos otros en señas de identidad intocables, incluso cuando la evidencia demuestra su mediocridad o, peor aun, sus efectos nocivos. Es la sanguijuela imponiéndose al juramento hipocrático.
La regla que propone este libro es sencilla: los principios mandan y las herramientas deben justificarse por sus resultados. Si una herramienta no sirve al fin que invoca, debe cambiarse sin nostalgia y sin culpa. La penicilina no es una traición a la medicina del siglo XVIII: es una opción superadora. Del mismo modo, actualizar los instrumentos de la política igualitaria no supone una traición a sus valores. Es, a veces, la única forma real de honrarlos.